jueves, 22 de marzo de 2018

VER CUBA DESDE CASA (Parte 2)

CON LÍRICA Y CON GUITÁRRICA

Por eso, tanto me parecía muchísimo. Y sin embargo hubo más. Empezando por la emoción de llegar, ahora como invitada, a esa amigable construcción art decó ubicada en el barrio habanero de El Vedado, a escasos doscientos metros del Malecón. Un edificio donde es fácil sentirse “como en casa” y confirmar que no es en absoluto azaroso el nombre de Casa de las Américas con que fue bautizado y definido su destino. En ese ámbito integrador donde el que entra se siente “de la familia”, en el mediodía del lunes 15 de enero, en el despacho de Presidencia y en amable ronda encabezada por su titular, el poeta, ensayista y crítico Roberto Fernández Retamar, fuimos presentados los jurados de las distintas categorías. Que en esta edición 2018 fueron Cuento, Teatro, Ensayo de Tema Artístico literario, Literatura Brasileña, Literatura Caribeña en Inglés o Creol y Estudios sobre la Mujer.

            Saboreábamos la primera ronda de café cuando entró Silvio Rodríguez. El impulso de la mayoría fue indisimulable. Al recato nervioso del primer instante le sucedió un menos discreto movimiento de cada quien, buscando aproximarse al legendario líder de la Nueva Trova, en procura de un saludo, un abrazo, un intercambio de palabras y, claro, una foto. Alguien de la Casa me animó: “También los cubanos tenemos ese cariño por Silvio y no perdemos ocasión de expresárselo; ve tú también si quieres, éste es el momento”. Sólo tuve que mirar a María Clara, mi hija y necesaria acompañante, que sin mediar palabra arrancó empujando mi silla de ruedas hasta cruzar el salón y lograr la foto, después de un diálogo tan fugaz como amable con el artista, como si de retomar una conversación interrumpida un rato antes se tratara.
 
Con mi hija María Clara y Silvio Rodríguez.
Pero la emoción se empinaría luego, cuando ya en el enorme auditorio Che Guevara de la Casa, el trovador dijo las palabras inaugurales de esta nueva edición del Premio, a pedido -contó-, de la máxima autoridad de la institución, el allí presente Roberto Fernández Retamar.
        Hasta hubo algunos que se quebraron de emoción cuando dijo:

Quienes hemos sido parte de esta Casa de las Américas durante 59 años tenemos pruebas, en primer lugar, de que el bien es posible, y de que el arte y la cultura son parte de su sustancia. También sabemos que algunas inconveniencias pueden durar más de lo proclamado y que el bien es aún perfectible.” 
El discurso tuvo varios momentos de fuerte compromiso, pero el párrafo anterior concentra esa virtud del lenguaje poético capaz de comprimir el universo en una frase. Aquí va la primera parte:
 




             Y sí, Casa de las Américas, lo mismo que el espíritu y la energía que la habitan desde su origen, tiene la edad de la Revolución. Nacida el 28 de abril de 1959, tres meses después de la entrada triunfal en La Habana de los combatientes liderados por Fidel, el 1° de enero de aquel año, fue fundada por la heroína del Moncada y Sierra Maestra, Haydée Santamaría, quien presidió la institución hasta su muerte, en 1980. A ella homenajeó, con ternura y sin nombrarla, el conmovedor discurso de Silvio Rodríguez, cuyo segundo tramo pego a continuación:   



             Es que en esa mujer, la Casa sintetiza ese otro modo de vivir en comunidad que se dio hace casi seis décadas el pueblo de Cuba, según el cual la cultura y la educación constituyen un derecho de cada ciudadana y cada ciudadano que el Estado garantiza. Al punto que el mismísimo Banco Mundial reconoce hoy que este país caribeño califica en el primer puesto por su inversión presupuestaria en esos rubros, incluso comparado con los más desarrollados de Europa y América del Norte. Por su parte la UNESCO destaca que, con una tasa de alfabetización del 99,8%, la isla exhibe el nivel más bajo de analfabetismo de América Latina y la tasa de escolarización gratuita más elevada (99,7 %), a la vez que establece que los alumnos cubanos disponen en promedio dos veces más conocimientos y competencias que sus pares de los demás países latinoamericanos.

            La frialdad de las cifras fue fácilmente constatable en la realidad, no sólo para mí sino para el resto de los jurados convocados, al confirmar con admirada gratitud que esa isla asediada y bloqueada desde hace casi sesenta años, sometida a la inclemencia arrasadora de ciclones inevitables (?) y a insuficiencias económicas evitables, sigue sosteniendo, impulsando y desarrollando la creación, la investigación y el intercambio de  escritores, artistas plásticos, músicos, teatristas y pensadores de América Latina y el Caribe. En el caso del Premio Literario, esta distinción se concede desde 1960, incluye la edición de la obra premiada y una significativa retribución monetaria para su autor, además de las excelentes condiciones que se ofrecen a los jurados durante el tiempo que dura su función. En este caso, Silvio terminó diciendo:




 

 


VER CUBA DESDE CASA (Parte 1)


Seis postales de la cultura y la idiosincrasia cubanas, registradas en mi reciente visita a la isla como integrante del Jurado del Premio Literario 2018, en la categoría Teatro, que otorga Casa de las Américas. La distinción, sin duda la más prestigiosa de la región, galardonó esta vez al argentino Fernando Crespi por su obra Paraje Luna. Pero el encuentro me sirvió para redescubrir, confirmar y compartir una realidad que no se agota en la lectura de los textos concursantes.


 
Pergamino suma un nuevo pergamino. A la lista de sus hijos ilustres encabezada sin duda por el cantor, músico y poeta mayor don Atahualpa Yupanqui--, se agrega ahora Fernando Crespi, ganador del Premio Literario/Teatro 2018 de Casa de las Américas (La Habana, Cuba) por su obra Paraje Luna. Se trata de un texto que revela no solo a un artista inspirado en la elección del tema, a un autor que domina el desarrollo de la peripecia y los mecanismos del lenguaje. Es una pieza impecable en su estructura, que avanza a través de situaciones y personajes tan delirantes como reconocibles, que articula humor y tragedia, y cuyo aparente localismo (la cíclica fatalidad de sequías e inundaciones en zonas agrícolas), es referente de múltiples y universales significados. En los que, como enuncian los considerandos del Jurado, “confrontan la ruralidad y lo urbano, el saber y el prejuicio, la tragedia y el ridículo, la pequeñez de la criatura humana y la desmesura de sus sueños”.

                        La mayor institución cultural cubana premió a Fernando Crespi y enorgulleció sin duda a los pergaminenses. Pero además, tengo la percepción de haber sido premiada cuando se me convocó para integrar el Jurado de Teatro junto a María Teresa Zúñiga (Perú), Charo Francés (España-Ecuador), Diego Sánchez (Colombia) y Alexis Díaz (Cuba). Se me premió con la oportunidad de asomarme a la diversidad creadora del continente y a la vitalidad cultural y social de Cuba, tan opacada, negada y distorsionada por los medios informativos dominantes. Por eso, lo que vi, leí y viví fue mucho más que las cuarenta y cuatro piezas de dramaturgos cubanos, argentinos, mexicanos, salvadoreños, panameños, colombianos, dominicanos, guatemaltecos, peruanos, venezolanos, portorriqueños y chilenos que concursaron. Y por eso quiero contarlo.

            Cuando abrí mi correo y encontré la invitación a formar parte del Jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2018, tuve un vago presentimiento, algo así como un indicio de que esta vez la experiencia de estar en Cuba sería distinta.

Había recorrido varias veces la isla intentando encontrar (y lográndolo) lo que omiten o desfiguran los medios masivos o las guías turísticas respectivamente. Hasta terminé internándome (metafórica y literalmente) en su sistema de salud, en las dos ocasiones en que, en el CIREN (Centro Internacional de Restauración Neuromotriz), con sede en La Habana, recibí eficaces tratamientos de alivio a la Esclerosis Lateral Amiotrófica que me aqueja desde hace algunos años. Reitero, entonces, que conocía Cuba. O creía conocerla.

            Sin embargo, ahora la cosa pintaba diferente. Empezando porque haber sido convocada por esa Casa de renombre mundial era en sí mismo un honor, un regalo de la vida que no estaba segura de merecer.  Al menos, sentía el desafío de estar a la altura de los antecedentes de un premio literario diseñado en su origen nada menos que por Alejo Carpentier. Un galardón que recibieron Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Eduardo Galeano, Ricardo Piglia, Andrés Lizarraga, Juan Gelman, Ezequiel Martínez Estrada, Osvaldo Dragún, Noé Jitrik, David Viñas, Enrique Buenaventura, Virgilio Piñera, Antonio Skármeta, Haroldo Conti, Atilio Borón o Idea Vilariño entre otros nombres de pareja estatura literaria.
El edificio de Casa de las Américas, en La Habana, Cuba.
            Un lauro que, por si le faltaran antecedentes ilustres, contó con jurados como Atahualpa Del Cioppo, Paco Urondo, Carlos Monsiváis, Ernesto Cardenal, Haroldo Conti, José María Arguedas, José Saramago, Horacio Verbitsky, Emir Sader, Fernando Martínez Heredia, Augusto Monterroso, Nicanor Parra, José Lezama Lima, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh, María Seoane o quien hoy preside la institución, Roberto Fernández Retamar.
           Un premio que viene entregándose anualmente de manera ininterrumpida, desde aquel mítico 1959 del triunfo de la Revolución Cubana, a lo largo de casi seis décadas de cruel bloqueo económico. Tiempo que incluye el atroz “período especial” desencadenado tras la caída de la URSS, cuando volvió a confirmarse que, aun a la hora de adaptar las políticas públicas a severísimas limitaciones presupuestarias, la cultura --tanto como la salud y la educación-- sigue siendo en Cuba un derecho humano innegociable .

 

 

sábado, 3 de febrero de 2018

DIEZ DÍAS QUE FORTALECIERON LA ESPERANZA



PREMIO LITERARIO CASA DE LAS AMÉRICAS 2018

Vengo de vivir diez luminosas jornadas en Cuba, donde entre el 15 y el 25 del pasado enero tuve el honor de ser invitada como Jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2018 en la categoría Teatro. Desde las emocionantes palabras de bienvenida con que nos recibió Silvio Rodríguez en la sede de Casa, frente al Malecón habanero, pasando por las intensas y a la vez placenteras horas de lectura en las terrazas del hotel Jagua, frente al mar Caribe, en la serena bahía de Cienfuegos, incluyendo visitas varias a sitios emblemáticos, funciones teatrales, reportajes, exposiciones, mesas redondas, debates y enriquecedores intercambios con jurados de diversas disciplinas o con algunas eminentes personalidades de la cultura y a la vez gestoras de Casa, como Marcia Laiseca, Jorge Fornet o Vivian Martínez Tabares, entre tantos más, todo sumó compromiso, solidaridad, conciencia del presente que transita Nuestra América y obstinada esperanza en lo por venir.
Con mi hija María Clara, mi acompañante necesaria, junto
a Silvio Rodríguez y su generosa, poética bienvenida.


Tras esa rica, hasta radiante experiencia, no me fue fácil aterrizar en mi país hoy en sombras, por eso demoré unos días este modesto testimonio. 
Pero fui feliz trayendo el galardón que esta vez correspondió a la obra Paraje Luna, del argentino Fernando José Crespi, a quien no conozco pero me gustaría, como me gustó descubrir en los diálogos, en los personajes y en la inesperada, irónica reveladora peripecia de su texto, el reflejo de realidades tan cercanas como universales.
Fui feliz también al coincidir con el voto mayoritario de un jurado que me enorgulleció integrar, junto a la actriz, directora y dramaturga peruana María Teresa Zúñiga, la actriz y directora española-ecuatoriana Charo Francés, fundadora junto a Arístides Vargas del grupo Malayerba, de Ecuador; del actor y director del grupo colombiano Matacandelas, Diego Sánchez y del actor, director cubano Alexis Díaz Villegas, profesor del Instituto Superior de Arte de La Habana.


Fui feliz, además, porque volví a confirmar con admirada gratitud que esa isla asediada y bloqueada desde hace casi sesenta años, sometida a la inclemencia arrasadora de ciclones inevitables (?) y a insuficiencias económicas evitables, sigue sosteniendo y desarrollando políticas culturales, educativas y sanitarias para todas y todos. Es el caso, en el campo cultural, de Casa de las Américas, una institución de prestigio ya legendario en todo el mundo, nacida apenas tres meses después de la Revolución, por inspiración de su fundadora heroica, Haydee Santamaría. Y cuyo Premio Literario
Junto a Roberto Fernández Retamar, presidente de
Casa de las Américas. Detrás, María Teresa Zúñiga,
Jorge Fornet, Saúl Sosnowski, Roxana Pineda,
Natalia Cisterna y Marta Aponte Alsina.
fue organizado ese mismo año de 1959 nada menos que por Alejo Carpentier, y celebrado de manera ininterrumpida durante estas casi seis décadas. Tiempo en el que fueron galardonadas figuras universales como Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Eduardo Galeano, Ricardo Piglia, Andrés Lizarraga,.Juan Gelman, Ezequiel Martínez Estrada, Osvaldo Dragún, Noé Jitrik, David Viñas, Enrique Buenaventura, Virgilio Piñera, Antonio Skármetra, Luis Britto García, María Esther Gilio, Haroldo Conti, Gioconda Belli, Atilio Borón, Idea Vilariño o Rafael Spregelburd, entre otros.
Un Premio, por otra parte, cuya historia fue prestigiada por jurados como Atahualpa Del Cioppo, Paco Urondo, Carlos Monsiváis, Ernesto Cardenal, Haroldo Conti, José María Arguedas, José Saramago, Horacio Verbitsky, Emir Sader, Fernando Martínez Heredia, Augusto Monterroso, Nicanor Parra, José Lezama Lima, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh o Roberto Fernández Retamar, el poeta, ensayista y crítico cubano que desde 1986 preside esta casa de la revolución y la belleza de las Américas que es Casa de las Américas. El mismo con quien, antes de la ceremonia de entrega de premios, mantuve amable conversación, a la que dio comienzo con un saludo a la vez fraterno y amablemente irónico. Tras pasear la vista por nuestras sendas sillas de ruedas arrancó: "¿Cómo está, compañera de...  ideales?" .

miércoles, 27 de septiembre de 2017

BÁJAME LA LÁMPARA


Dar soporte escénico a la poesía implica un alto riesgo dramático. Lo afrontó y salió airoso del desafío el equipo completo de Bájame la lámpara, exquisito espectáculo concebido por Francisco Pesqueira y dirigido por Emiliano Samar, como una aproximación recatada, casi en puntas de pie, a la vida y los versos de Alfonsina Storni, Idea Vilariño y Alejandra Pizarnik, a través de la nodriza, la empleada y la asistente de cada una respectivamente, encarnadas a su vez por tres actrices enormes.
Lidia Catalano, Miriam Martino y Stella Matute, que de ellas se trata, asumieron con parejo compromiso y cada una con su personalísimo sello interpretativo, la tarea de revivir para la escena a tres figuras fundamentales de la lírica latinoamericana del siglo XX. Pero al hacerlo por la vía mediada de tres sencillas mujeres dedicadas a servir a sus señoras en la intimidad (“Nadie es un héroe para su ayuda de cámara”, dice el refrán), se revierte la condición estatuaria con que el canon cultural suele deshumanizar a los personajes ilustres, y permite que el espectador se acerque y comparta, en una ceremonia doméstica y a la vez pudorosa, algunas costumbres, el gusto personal por algunas comidas, ciertas obsesiones o varios secretos de las escritoras. Todo enlazado en armónica trama con algunos poemas y, a veces, con la circunstancia en que fueron escritos.

Precisamente, uno de los encantos del espectáculo es la estructura del texto dramático de Francisco Pesqueira, que multiplica el reto teatral y lo fascinante del resultado, ya que las tres actrices no encarnan a tres personajes sino a nueve, empezando por ellas mismas. Esa elevación a la tercera potencia de cada significante comienza cuando el público ingresa a la sala y las tres están ya en escena, pero en la actitud propia del precalentamiento actoral, repasando letra, vocalizando o acomodando algún elemento del vestuario o la utilería.  
 
Lidia Catalano parte de sí misma presentándose ante el público con su verdadero nombre artístico, igual que sus compañeras de elenco, para ir adoptando, con casi imperceptible delicadeza, el personaje de la nodriza de Alfonsina y, sin solución de continuidad, entrar en el alma de la poeta a través de versos y canciones.
 
Justamente del último de sus poemas, Voy a dormir, que la Storni escribió como despedida antes de poner fin a su existencia, es la imagen del título. La misma que sirvió a Ariel Ramírez y Félix Luna para la famosa canción homenaje Alfonsina y el mar. Y en la que, claramente también, se inspiró la delicada escenografía de Carlos Di Pasquo, poblada de lámparas que bañan con luz tenue (excelente diseño lumínico de Carlo Argento) un ámbito irreal, blanco y casi onírico. Imágenes y atmósfera que fueron otro aporte virtuoso a este espectáculo de cámara que valorizó con igual rigor los lenguajes del teatro, la lírica, la plástica y la música.

Las intensidades que como intelectual, como artista y como mujer apasionada desplegó, a lo largo de sus 89 años de vida, la uruguaya Idea Vilariño, encontraron cabal traducción en la sensual expresividad de la cantante y actriz Miriam Martino, que transitó con ductilidad entre su propia identidad, la de la poeta y la de la empleada de ésta.

La misma adecuación entre actriz y personaje se advierte en la elección de la temperamental Stella Matute para representar a la desgarrada Alejandra Pizarnik y a la comprensiva colaboradora que la asistía. Como bien se ha señalado, hay hasta cierta semejanza física que las asocia, sin que se haya buscado acentuar esos rasgos de manera artificial. Como en el caso de las otras dos actrices y sus respectivos personajes, Matute dice y canta con vigor y verdad, revelando un abordaje profundamente conocedor de la subjetividad, las rebeldías y los tormentos interiores de la autora de La condesa sangrienta o La última inocencia.  

Por fin, un párrafo aparte merece la intervención de la guitarrista y cantante Mirta Álvarez, que suma al refinamiento de su aporte musical el valor de una figura y un vestuario que parecen acentuar la naturaleza inmaterial, inalcanzable que, para la criatura humana, tiene la búsqueda poética.
 
Una búsqueda que Bájame la lámpara consigue iluminar sin sacrificar el misterioso encanto de los claroscuros.

 
BÁJAME LA LÁMPARA
Autor: Francisco Pesqueira
Intérpretes: Lidia Catalano, Miriam Martino, Stella Matute
Cantante y música: Mirta Álvarez
Vestuario: Sandra Ligabue
Escenografía: Carlos Di Pasquo
Diseño de luces: Carlo Argento
Fotografía: Fernando Musante
Dirección y puesta en escena: Emiliano Samar
Espacio IFT – Boulogne Sur Mer 549, sábados a las 19.

sábado, 23 de septiembre de 2017

CHARLOTTE CORDAY, POEMA DRAMÁTICO

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Nara Mansur Cao
Después de haber aplaudido, y procesado durante varios días, la perturbadora experiencia como espectadora de Charlotte Corday, poema dramático, que en agosto de 2017 interpretó en Buenos Aires su autora, Nara Mansur Cao, concluyo que si hay un lenguaje capaz de traducir lo intraducible –léase: la síntesis de revolución social y autobiografía--, ese lenguaje es, excluyentemente, el de la poesía. Y, segunda conclusión: la poeta cubana (residente actualmente en la Argentina) se instala con esta obra en la categoría de precedentes como el Alejo Carpentier de La consagración de la primavera o el Peter Weiss de Persecución y asesinato de Jean Paul Marat, novela y drama respectivamente con eje en el concepto de revolución y, ambos, de innegable y arrasador lirismo. Tanto, como el de este texto que, ahora como performance o recital poético dramático, en el Centro Cultural de la Cooperación, mostró un vuelo más alto (¿inalcanzable, tal vez?) que cualquier forma con que se pretenda materializarlo.


Charlotte Corday, poema dramático
No obstante, el despojamiento de una puesta en la que la poeta dice sus propios versos, de pie ante un micrófono, con prescindencia de cualquier otro despliegue expresivo fuera de la música ejecutada en vivo por Marian Dames (piano) y Guillermo Esborraz (batería), permite el real lucimiento de la palabra, protagonista autosuficiente del hecho escénico. En cuanto a las intervenciones musicales, hay que destacar el modo como éstas dialogan de forma a veces contrapuntística con la voz, comentando, enfatizando o en ocasiones hasta polemizando con lo que dice. La salvedad es que, en algún pasaje, el volumen de los instrumentos tapa la voz; un desajuste que tal vez se haya corregido en las funciones posteriores al estreno.
Como los referentes literarios arriba mencionados, la obra de Nara toma como punto de partida, ya desde el título, las secuelas de la Revolución Francesa encarnadas en la legendaria figura de la joven girondina que asesinó al líder revolucionario Jean Paul Marat.

En su desarrollo, el poema alterna y yuxtapone (y a veces deliberadamente superpone, como en un juego de transparencias), palabras y situaciones dramáticas asociadas a la Revolución Cubana y también a otras sublevaciones populares, de la historia y de la actualidad. Unas y otras, enlazadas con la subjetividad de la criatura humana, ya se trate de Charlotte Corday, o de la primera persona en quien se reconoce el testimonio autobiográfico de la autora.

En un registro que combina la evocación intimista con el absurdo y la ironía, son muchos los recursos aplicados a subvertir convenciones, a exponer con tristeza o con sarcasmo la degradación o el vacío de ciertas consignas devenidas meros eslóganes, a revelar los excesos sangrientos o la progresiva esclerosis burocrática de casi todas las épicas revolucionarias.

De intensa, conmovedora sinceridad resulta el tramo más autobiográfico, donde evoca el encuentro familiar en un velatorio. Allí describe: “El farol con el que mi abuelo hizo la campaña de alfabetización alumbra la pequeña sombra de su ataúd”. La acción se ubica en los Estados Unidos de…¿América? No, de “Ánimo”. Es “un día de 1990”, apenas un año después de la caída de la URSS, cuando la protagonista se distrae del ritual funerario y cuenta: “…mi mirada se llena del paisaje agrícola, agrio / de Afganistán, y sus muertos, y más muertos, y muertes”. El tramo concluye: “Prefiero que mi abuelo haya muerto así / Sin saber nada, sin noticias.”

Pero el largo poema de Nara no coincide ni confronta con la visión de la pieza de Weiss a la que alude. En todo caso, pone en tensión ambas miradas e introduce otras. En el Marat/Sade, de 1963, se ha querido ver a la asesina como una contrarrevolucionaria, como un “ángel de la muerte” (en palabras de su traductor al castellano, Alfonso Sastre). En este poema, cuyas referencias a la obra de Weiss abrevan en la traducción de Virgilio Piñera, la autora propone otra vuelta de tuerca y resignifica el papel de la joven que llega a Paris con su criminal objetivo. Extrapolando los múltiples e indemostrables sentidos posibles de cualquier acto homicida, el texto legitima, se burla o contradice alternativamente los estándares históricos, al deslizar entre sus versos varias y hasta paradojales hipótesis: ¿Charlotte era una contrarrevolucionaria en busca de la restauración conservadora? ¿Pretendía una revolución en la revolución? (más precisamente “una revolución en la revolución en la revolución”, redobla Nara en su texto  la apuesta de Trotsky). ¿Es posible que esas actitudes antagónicas confluyan en un mismo servicio a los objetivos de la contrarrevolución? ¿O acaso Charlotte no buscaba ninguna de esas alternativas sino otra que su momento histórico no estaba en condiciones de comprender? Y esta última alternativa, ¿será tal vez la que induce a la autora a arrimar significativamente su propia biografía a la de la Corday? En varios pasajes se advierte esa deliberada confusión de identidades. Casi en el final, por ejemplo, en los versos precedidos por el subtítulo “Habla Charlotte Corday por segunda vez”, se lee: “A los treinta y tres años quiero desembarazarme, totalmente, del concepto de política…” La hablante es la muchacha francesa del siglo XVIII, que murió en la guillotina a los veinticinco; quien tiene treinta y tres en 2002, cuando se estrena en La Habana el poema dramático, es Nara.

Si bien nada hay en este texto que lo explicite, un perfume de época y de geografía global inunda el desencanto que parece latir en sus muchas ironías. “Somos los inventores de la revolución pero todavía no sabemos utilizarla. Oh, padre. Pater. Patético. Padre patético. Paternidad patética. Papá desempleado. Papa. Patata. Papilla. Papamóvil. Pa lo que sea Fidel pa lo que sea. Pa pa pa pa pa pa pa pa pa (onomatopeya de ráfaga de AK-M)”, dice, y a esa altura ya está claro que no alude sólo a la Revolución Cubana. De hecho, hay en el poema fugaces alusiones a otras gestas heroicas, a otros devenires políticos, masivos o personales; a otras muertes, otras guerras, otros asesinatos. Enunciados por la autora desde un escenario pequeño, a apenas centímetros de la primera hilera de espectadores, y con el énfasis sonoro que aportan los músicos en escena, es inevitable escuchar también balaceras y clamores más actuales o cercanos (balas de goma y plomo en manifestaciones populares o la pregunta ¿dónde está Santiago Maldonado?).

Pero lo que se insinúa como una señal todavía indefinida, como un incierto presagio que acaso la misma autora no haya pretendido, es el experimento todavía no ensayado de una revolución menos patriarcal, con menos testosterona y con más poesía, una revolución de las mujeres en la que otra Charlotte Corday no necesite asesinar a Marat para después entregar su cuello al verdugo. Un movimiento plural y contrasistémico en el que la Judith mítica cumpla por fin el objetivo no alcanzado que Mansur recoge en su poema: “Vivo para cometer el crimen que salve a la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Una revolución en la que, como dice Nara en los tramos finales de su poema, “… uno pudiera cambiar de opinión, es decir, no asesinar a Jean Paul Marat hoy 13 de julio de 1793 / Y dar comienzo al cabaret o al guateque campesino... (Música) / Y dar comienzo a los improvisadores / para que propongan la alegría futura / la canción incierta: / Uno se pregunta si las personas sin alegría / podrían construir algo, la revolución, por ejemplo”.

Una revolución, por fin, que incluya el erotismo de “La que se entrega / la que más ama” y que tenga por destinatario al futuro (“Para los niños y la esperanza…”), es una gesta que habrán de encarar, precisamente, quienes son capaces de gestar un niño, un plato de comida, un poema o (será hora de intentarlo) un mundo más justo.

FICHA TÉCNICA
Obra: Charlotte Corday, poema dramático
Autora e intérprete: Nara Mansur Cao
Musicos en escena: Marian Dames (piano), Guillermo Esborraz (batería)
Espacio: Juan L. Ortiz
Sala: Osvaldo Pugliese
Centro Cultural de la Cooperación

miércoles, 9 de agosto de 2017

LA MEMORIA DE FEDERICO


¿Habría algo que decir frente a la perfección? Si existiese (por fortuna tal cosa sigue siendo inalcanzable), lo demás sería sólo silencio.
Pero ante lo que roza lo perfecto una también se queda sin palabras. Cualquier opinión parece enfatizar su propia banalidad, la estéril pretensión de decir algo sobre lo que fue capaz de decirlo casi todo.


Es lo que siento ante La memoria de Federico, la obra escrita y dirigida por el español Etelvino Vázquez que interpreta Cecilia Hopkins en el Centro Cultural de la Cooperación y que este viernes 11 ofrecerá su segunda –e inexplicablemente última—función. Y aunque estoy convencida de que la mejor reseña (que no pretende ser ésta) nada podría agregar a este espectáculo que se autoabastece en su integral excelencia, he decidido volver a escribir en mi blog para llamar la atención de quienes amen el teatro y, muy especialmente, de quienes conozcan algo de la obra y biografía de Federico García Lorca, para que no se pierdan esta oportunidad única, por ahora, de regalarse un momento de felicidad poética. Lo que no es para desdeñar en estos tiempos de tanta tristeza. Sobre todo porque la dicha que se experimenta ante esta pieza de pequeño formato e intenso lirismo no va por el lado de la evasión. Al contrario, incluye nuestros dolores de hoy al evocar, sublimados, los de la España de la dictadura franquista que, hace más de ocho décadas, expulsó, persiguió, asesinó o desapareció a libertarios y disidentes. Entre tantos, el autor granadino ultimado en un barranco de Viznar o la actriz Margarita Xirgu, que se exilió en Buenos Aires y que, uno y otra, vuelven a vivir en la interpretación magistral de Cecilia Hopkins.
En una verdadera hazaña expresiva, nuestra actriz da vida a varios personajes de la historia y de la ficción, a través de los cuales recupera la memoria del artista asesinado en 1936 por la Guardia Civil Española. Lo hace imaginando un diálogo entre la Xirgu y Federico y reviviendo pasajes de algunas de sus obras más emblemáticas, como Mariana Pineda, Yerma, Doña Rosita la soltera o Bodas de sangre, algunos versos de Poeta en Nueva York Romancero gitano y algunas canciones que entona con afinación y delicadeza conmovedoras.


En cada caso, y con mínimos cambios de vestuario frente al público, se generan imágenes icónicas que aluden a gestos teatrales de la verdadera Xirgu eternizados por la fotografía o el recuerdo. En algunas escenas, la acción produce una suerte de esculturas teatrales. Las dotes expresivas de Hopkins combinan con naturalidad la danza, la actuación, el canto afinadísimo y la delicada manipulación de un largo lienzo de tela cruda. Este material, que es traje, velo o capucha según pida la secuencia dramática, remite al mármol o a la piedra por su textura y su color a la vez que es movido con etérea plasticidad. Esa tensión entre lo dinámico y lo estático, entre el flujo de la vida hacia la muerte y la permanencia del recuerdo que fragua en leyenda o en mito, es lo que estructura la impecable teatralidad del espectáculo. A lo que hay que sumar el detalle no menos ponderable de los acentos regionales que la actriz otorga al discurso, según el texto pida el reconocible acento rioplatense, reclame la castiza dicción de la Xirgu o recree la cadencia andaluza de Federico.

De este inspirado encuentro entre el poeta mártir de Granada, la memorable actriz catalana y la sensible, consumada recreación de la intérprete argentina, el director español consiguió un concentrado poético que merecerían --¿necesitarían?— tener a disposición muchos más espectadores que los que caben en la próxima función. Esperemos que no sea, como se anuncia, la última.
 
FICHA TÉCNICA
Autor y director: Etelvino Vázquez
Actriz: Cecilia Hopkins
Sala: Osvaldo Pugliese, del Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543
Segunda y última función: viernes 11 de agosto a las 20:30