"El arte no es un espejo para reflejar la realidad sino un martillo para darle forma". Bertolt Brecht
lunes, 1 de junio de 2026
LA MUERTE DE UN VIAJANTE
Todavía estremecida con la experiencia de haber visto anoche una nueva versión del clásico La muerte de un viajante. Parafraseando a Marx, la magistral obra que Arthur Miller estrenó en 1949 como drama se repite en 2026 como tragedia. Porque la caída dramática de esa familia de clase media norteamericana de mediados del siglo XX es hoy símbolo y síntesis del trágico fracaso de los valores del Imperio Estadounidense y de toda su periferia global. Que nos incluye y espanta (aunque no lo suficiente, todavía) como incluye a todo lo que llamamos Occidente.
La trama de la obra, un aparentemente sencillo encadenamiento de conflictos familiares, proyecta significados que convierten a los personajes en referentes de este presente global en pleno colapso civilizatorio.
Alejandro Awada en el rol protagónico compone un Willy Loman convincente en la obstinación meritocrática que va minando sus capacidades físicas y mentales tanto como sus vínculos afectivos. A su lado, la soberbia interpretación de Ingrid Pelicori comunica las complejidades y contradicciones de su personaje con una transparencia expresiva que desborda humanidad. Sin maquillaje (sin máscara) su rostro inquieta por la semejanza entre persona y personaje. Y entre éste y cada uno de nosotros. Es la esposa y la madre sometida a un orden patriarcal y responsable de su reproducción. Es víctima y a la vez cómplice; manipulada y manipuladora. Una actuación verdaderamente descollante a la que el resto del elenco acompaña con armonía y variado lucimiento. La dinámica que maneja el director Daniel Marcove incluye acciones en espacios extraescénicos como pasillos y escalera de la zona de platea. El recurso suma significado al involucrar y envolver a los espectadores en la acción, como afectados colaterales por los daños de la anécdota. Pero además, se trata de intervenciones que sorprenden al espectador y colaboran en sostener su estado de alerta que, como se sabe, la guerra cognitiva de reels y videos breves tiende a debilitar y fragmentar el tiempo de atención y concentración.
Salí de la función conmovida, sobre todo, por la inspiración de un autor genial que vio el cosmos en una partícula, lo tradujo al lenguaje del teatro y lo lanzó al futuro. Porque en el matrimonio de Willy y Linda Loman y en sus hijos Biff y Happy había no sólo una crítica social al “sueño americano” en tiempos de macartismo sino al neoliberalismo y al fascismo del porvenir.
Hoy esos personajes un poco toscos, un poco hipócritas y un poco ingenuos, exhiben los rasgos del supremacismo de género, de nacionalidad o de poder económico que caracterizan a la sociedad autopercibida hegemónica. Son criaturas de una ficción teatral que desnuda lo real, que nos interpela y nos pone un espejo delante, desafiándonos a encontrar y soportar identidades comunes. Como sujetos activos o pasivos, como víctimas o victimarios, ese sistema nos concierne, tanto sea que lo aceptemos o lo combatamos. En la muerte de ese viajante que se suicida para que, con su seguro de vida, se puedan pagar las deudas de su familia, están todas las esclavitudes del modelo que nos somete en nombre de la libertad. Ahí están la precariedad laboral, la trampa del híper rendimiento, el mito del éxito, la violencia tanto interpersonal como institucional, las injurias a derechos humanos como la alimentación, la salud o la educación; el descarte de la vejez, la salud mental y la discapacidad; el endeudamiento crónico, y la desilusión de las nuevas generaciones ante el fracaso de los valores heredados, entre tantas señales de la desintegración de la especie a la que asistimos.
Pero también asistimos-y esto es lo que celebro- a la resistencia activa y al combate que libra y seguirá librando el teatro. Frente a la guerra innoble, a los genocidios sistemáticos, a la prevalencia del interés financiero sobre la dignidad humana, la poesía es tal vez la única trinchera realmente indestructible. Entendiendo por poesía el sentido original y revolucionario de la poyesis platónica: convertir el “no ser” en “ser”. O el sentido bíblico del verbo (la palabra) que se hace carne, que genera realidad.
Esta vez, me parece que la palabra del poeta se encontró, por suerte, con la voz y el cuerpo de unos teatristas que llegan a la conciencia y la emoción del público. Por eso recomiendo: Vayan al Tinglado (en Mario Bravo 948) y vean ustedes mismos si es así. Creo que me darán la razón
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